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FRENTE AL PÁNICO DE LOS PERIODISTAS COLOMBIANOS
Una psicóloga lucha sola por la sanidad emocional de los reporteros. Huyendo hasta de su sombra, llegan a ella para enfrentar los miedos. Cualquier periodista colombiano se impregna de tanto dolor

Por Alberto O. Restrepo

Martha Chinchilla de Murillo parece ser la única guerrera de una causa que casi nadie conoce y que algunos toman “con pinzas”, por lo delicado del asunto. Está asesorada por el ‘Dart Center for Journalism & Trauma’, con sede en la Universidad de Washington, en Seattle, con quienes mantiene contacto permanente. Por eso está al día en una materia que en Colombia, y en casi todo el mundo, no es asunto de las escuelas de periodismo, ni del Estado y, menos, de las empresas periodísticas. Los intentos de la doctora Chinchilla por difundir y por dar tratamiento al Síndrome de Stress Post-traumático (PSTD) han terminado con golpes de puerta en su país, el tercero del mundo en violaciones al derecho a la integridad de las personas, sin que esté en conflicto regular con ninguna nación.

Por la crudeza de las noticias más frecuentes en Colombia, casi todos los periodistas se expondrán al trauma y, con seguridad, todos los de las regiones “lejanas”. Hay municipios más grandes que Suiza, con una geografía tan quebrada como una hoja de papel arrugada. Es tanta la hostilidad, que uno de los últimos exiliados fue un periodista deportivo que denunció irregularidades en el manejo del deporte en su región.

¿Otros periodistas distintos a los amenazados o agredidos presentan cuadros de desorden emocional?

Martha Chinchilla: El periodismo es un trabajo estresante y expuesto a hechos dolorosos. Pero los periodistas no son remitidos por los medios para que cuiden su salud emocional. Cuando son víctimas tampoco pueden hacerlo, pues están en lucha por la supervivencia física y por el sustento diario. Tienen qué velar porque les compren la noticia y asegurar el pan de cada día. Pero el tiempo no les alcanza para preocuparse. Ese es el drama. Es imposible y no es sano que oigan o vivan una historia trágica y no se afecten.

Muchos de quienes se han autocensurado o siguen ante situaciones dolorosas han encontrado en el alcohol un paliativo. Llegan a un café y se toman unos tragos para seguir exponiéndose y olvidarse de lo que cargan en el alma con la noticia que cubrieron. Buscan escape. El periodista no sabe que existe una cosa que se llama la “traumatización vicaria” que se desarrolla al ser expuestos, al oír, al estar en contacto con el trauma de otra persona. Es imposible escaparse.

En otros su patología consiste en no sentir absolutamente nada. A ése le llaman “el duro”. Pero está en un problema grave porque para poder seguir viviendo se anestesió emocionalmente. Así como no lo afecta el dolor ajeno, tampoco siente nada en su propia vida.

Otro extremo es que asuman riesgos demasiado altos y ese es un síntoma de su trauma porque se pierde la sensatez. Esa es una muestra de lo mal que está. Actúa como Don Quijote contra los molinos de viento y termina como Don Quijote.

El sistema no le ha otorgado al periodista la salud mental como derecho laboral. Las autoridades no lo saben, lo ignoran. En Colombia estamos en la Edad de Piedra en ese sentido. Ni las casas editoriales, ni los mismos periodistas saben que esta profesión implica este riesgo de salud mental. Las escuelas de periodismo no se mueven hacia ese lado. Busqué alianza con una facultad de Periodismo para que estas escuelas reaccionen y los periodistas lo sepan y tomen medidas, porque están en riesgo.

¿Cómo han respondido sus pacientes al tratamiento?

Unos periodistas han superado su dolor. Canalizaron su experiencia y siguen con la crítica periodística. Tratan de afrontar su experiencia de una manera más constructiva, de búsqueda de mayor comprensión. He hecho seguimiento de personas que han estado en tratamiento. Los primeros fueron los 16 periodistas que emigraron de Arauca en 2003. Han sido personas que llegaron con una cantidad de síntomas y que se van con ellos bajo control. Personas que vuelven a salir a la calle sin miedo, sin mirar en todo momento a cada lado con temor; que no sienten que todo el mundo es su enemigo y que vuelven a tener sueños en sus vidas, que tienen otra actitud, que asimilan su experiencia.

¿Alcanzan a mejorar en un tiempo determinado?

Hay mucha deserción. La gran mayoría tiene otras necesidades más apremiantes como su seguridad o su comida. Se van buscando respuesta para eso y no siguen en el programa. La mayoría sólo tiene una ayuda en Bogotá por dos meses, máximo, y ese tiempo es el que tienen disponible para el proceso. Una de las frustraciones más grandes como psicóloga consciente de que la salud mental es prioritaria para los periodistas es que, a veces, llega alguno a mi consultorio y ese día no tuvo dinero para comprar el desayuno. Eso para mí es doloroso. Yo no puedo asumir su carga económica, pero para mí es casi ridículo hablarle de la importancia de una correcta respuesta ante el ataque de pánico o de ejercicios de relajamiento o de que salga a hacer ejercicio, cuando esa persona no tiene con qué desayunar... He tenido periodistas a quienes les doy dinero para el bus porque, si consiguieron para el pasaje de venida, no tienen para el de regreso.

¿Cuál escuela o técnicas aplica en las terapias con periodistas traumatizados?

Soy ecléctica en mi práctica diaria, con tendencia a la práctica de la escuela alemana de la Gestalt. Pero en los casos con periodistas manejo un protocolo comportamental en el sentido de los pasos, los síntomas, las mediciones. Además del aspecto emocional, me intereso por los aspectos físicos, familiar, psicosocial, sus relaciones y su espiritualidad.

Perdone si soy impertinente, ¿es una actuación la que hace al mostrarle al paciente que usted vive, que siente lo que a él le pasa? ¿Es parte del protocolo?

¡No! A mí la terapia me apasiona. Yo siento que no soy capaz de oír ni ayudar a alguien si no me conecto con la persona. Sería como cuando alguien tiene un dolor de muela y otra persona le habla. Se esfuerza pero no puede escuchar. Yo me conecto con el periodista y en cada persona el mecanismo es diferente. Cada quien desnuda su alma de manera distinta. Cada quien es un caso único y yo lo siento así. Me conecto, me lleno de sus ilusiones, de sus tristezas y a veces me afecta más de lo que quisiera. Muchas veces camino, subo la montaña, paseo tres horas con mi perro para quitarme toda esa carga. Sin embargo, yo no quisiera que eso me deje de afectar porque el día que no me afecte la historia que estoy oyendo al periodista, dejo de ser compañía para él... No sé si me estoy haciendo entender.

En diciembre estuvo una periodista en Bogotá con su hijo. En Navidad, ella no tenía con qué comprar un regalo para su niño. Me sentí impotente. No pude asumir su necesidad económica, pero ella me manifestó haberse beneficiado de mí, de mi compañía, de mi solidaridad emocional. A veces me gustaría ser más solidaria materialmente que emocionalmente. Siento que en mi trabajo me meto en el mundo de cada persona, y nunca actúo. Realmente yo siento el dolor y la alegría de la gente. A las personas que han estado más tiempo conmigo les noto avance. Veo alivio, pueden volver a sentir serenidad, vuelven a querer la vida, a conectarse con otras personas sin temor. Dejan los miedos atrás y en algunos casos, muy pocos, he podido acompañarlos al punto donde pueden pasar la página y perdonar. No quedarse con la rabia de todo lo que la gente les quitó porque el autor se queda con muchas cosas... no sólo con la paz de la persona.

¿Es posible encontrar características comunes en el periodista que se ha exiliado de su región por amenazas o agresiones?

No hay patrones de edad o sexo. No hay una constante en su grupo familiar. Pero he observado que han vivido cerca de su familia y cuando son amenazados, se van alejando del grupo familiar y los amigos para no ponerlos en riesgo o, también, lo hacen por desconfianza. El patrón es que se han ido aislando poco a poco.

¿Quién más en Colombia hace un trabajo con periodistas con trauma?
Nadie... nadie más...




Para mayor información, comuníquese con la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip).
Bogotá, Colombia. Tel: (571) 4 00 96 77, Fax: (571) 4 00 96 78. e-mail: info@flip.org.co
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